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La escucha musical: nuestro oído

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Primera parte que te enseña a cómo educar tu oído.

Texto: Ramon Sendra

Hemos recibido algunas cartas vuestras preguntándonos qué método utilizamos para la evaluación de algunos componentes de los equipos que aquí analizamos. Pues bien, utilizamos una de las herramientas más sofisticadas que existen en este planeta y que, hasta la fecha, ha ofrecido los mejores resultados: nuestro propio oído.

Justo después de un análisis técnico apoyado por diferentes aparatos de medición, sometemos todo equipo a una larga sesión de escucha, utilizándonos a nosotros mismos como conejos de indias. Por muchas especificaciones fantásticas que ofrezca cualquier dispositivo, no hay nada mejor que el propio testeo para poner o no la guinda a un análisis.

Como veremos en el siguiente artículo y en la continuación del mismo en el próximo número, la “escucha musical” (por ponerle un nombre) es algo más complicado que sentarse delante de unas cajas y escuchar. Es necesario todo un proceso largo de aprendizaje, no únicamente para poder ser un analista profesional, sino incluso para poder “saborear” las mejores músicas y bandas sonoras, o, igual de importante, ayudar en la elección de nuestro futuro equipo de audio y/o cine en casa. Sobre todo, en este último aspecto, resulta decisivo para saber descubrir las diferencias (a veces notables) entre varias cajas acústicas, elementos imprescindibles para conseguir configurar bien cualquier sistema de A/V.

Debemos partir de la base que cada persona es un mundo, y cada mundo diferente. Lo que a continuación explicaremos se basa en “promedios”, valores genéricos que más o menos se acercan a lo que es cada uno de nosotros. Justamente por este motivo, algunas veces nuestras valoraciones en bancos de prueba no son compartidas (aunque siempre respetadas). De hecho, justifica nuestra recomendación permanente de que debe ser uno mismo quien realice una última valoración de cualquier producto, incluso confiando ciegamente en la valoración de los expertos de esta revista. Las verdades absolutas en este tipo de valoraciones no existen. Y, ¿por qué? Antes de abordar este discurso, vale la pena repasar brevemente cómo es el comportamiento de nuestro oído.



LA ACÚSTICA HUMANA



Definimos “umbral de audición” el nivel de presión sonora mínima requerido para excitar el oído y por lo tanto escuchar algo. La media está en 20 micropascales para la banda de frecuencias entre 2.000 y 4.000 Hz. En las frecuencias superiores e inferiores se necesitará mucha más presión para “escuchar” sonido alguno. Ayudados por la gráfica 1 veremos que la respuesta en frecuencia de nuestro oído no es para nada lineal. Mientras que con un nivel de presión sonora determinado podremos oir una frecuencia de 1.000 Hz, si bajamos hasta los 150 Hz y mantenemos el nivel de salida (o presión sonora) no escucharemos nada.

La gráfica muestra qué nivel de presión sonora se necesita en cada frecuencia para que en un barrido total sea escuchado como un barrido sin variación de nivel del volumen (todas las frecuencias se perciben igual). El famoso sonido rosa (el ruido insoportable que ofrecen algunos receptores para su calibración) no es más que el barrido de 20 a 20.000 Hz a diferentes niveles que a oídos humanos percibimos por igual.

A 2.000 y 4.000 Hz encontramos la zona donde menos presión nos es necesaria, con un pequeño valle cerca de los 4 kHz, ya que alrededor de los 3.600 Hz está la frecuencia de resonancia de nuestro oído. Las diferentes fluctuaciones por encima de los 4.000 Hz se deben a las perturbaciones de nuestra propia cabeza. Vale la pena fijarse que, por ejemplo, a 16 kHz necesitaremos casi 20 dB más de presión para escuchar esa frecuencia, lo que implica triplicar la energía que necesitamos en los 2 kHz.

Curiosamente, el mundo real no ofrece tonos puros, sino que los sonidos son representados por la suma de muchísimas frecuencias. En función de la cantidad de ellas que participan en un sonido, su nivel y disposición, el ser humano descubre el timbre (lo que nos ayuda a distinguir nuestra voz de la del vecino, o un violín de una guitarra eléctrica). De hecho, somos muy hábiles en distinguir entre frecuencias, pero poco en saberlas localizar (esto ayuda a que con sólo 5 cajas acústicas podamos recrear en nuestro salón un creíble ambiente sonoro envolvente). Si a esto añadimos que nuestra percepción de las frecuencias no es lineal (es necesaria una variación del 1% en la frecuencia para que notemos diferencias, por ejemplo, notamos un cambio entre 100 y 101 Hz, pero no entre 1.000 y 1.001 Hz, en este caso tendríamos que esperar hasta los 1.100 Hz para diferenciar algo), es decir, es logarítmica, podemos deducir que el oido humano es como un filtro de 24 bandas de un tercio de octava (lo que explica que los ecualizadores profesionales sean de este tipo). Hace falta modificar más allá de 1/3 de octava (una octava implica doblar la frecuencia) para evidenciar cambios.





EL USO PRÁCTICO DEL SONIDO



Todo lo anterior nos sirve para confirmar una vez más que el oído humano de perfecto no tiene nada. Y eso que nos referimos a un oído sano, seguramente el de una persona con apenas 30 años sin que nunca haya estado sometido a largas sesiones con niveles de presión por encima del umbral del dolor, etc.

El “secreto” del ser humano no es la perfección del sistema de micrófonos que disfruta, sino del potente procesado al que se somete cualquier sonido escuchado. Valga como ejemplo una llamada telefónica. El teléfono tiene un ancho de banda muy limitado (lo que explica esa tendencia “nasal”). Pero curiosamente, cuando levantamos el auricular y escuchamos un simple “hola” de nuestro interlocutor somos capaces en cuestión de milisegundos de saber quién es: la memoria auditiva. ¡Incluso ahora que sabemos su nombre “percibimos” su voz como si estuviera a nuestro lado!

Una de las ventajas de nuestro cerebro es su capacidad de poder “recrear” parte importante de las frecuencias de un sonido perdidas si se tiene experiencia con el mismo sonido.

Pero la verdad es que nuestra capacidad de memoria auditiva es muy inferior a la memoria visual (recordamos más fácilmente una imagen que un sonido). Cuando por ejemplo escuchamos una orquesta en nuestro equipo estéreo, los más habituados a esta música necesitarán que su cerebro descifre la colocación exacta de todas las secciones de instrumentos: violines a la izquierda, contrabajos a la derecha, al fondo percusión, delante de ellos y antes de las cuerdas, las flautas y oboés, etc. Un desajuste “acústico-visual” no hará la escucha placentera para aquellos que conozcan bien la disposición de una orquesta; aunque los noveles en este tipo de audiciones apenas mostrarán asombro. Algunos baterías de rock suelen quedarse perplejos cuando en grabaciones de música moderna (rock, pop, etc.) escuchan como los redobles de los timbales van de izquierda a derecha, cuando en una supuesta audición en directo irían justo al revés.



FATIGA AUDITIVA



Lo anterior es importante para entender qué es la fatiga auditiva. Cuando hay incompatibilidades entre lo que uno espera (por cultura, tradición y sobre todo enseñanza) y lo que oye, obliga al cerebro a reordenar esos sonidos, lo que implica consumir energía, resultando en fatiga, cansancio. Sí, escuchar mala música “quema calorías” (pero muy pocas). Uno de los efectos más normales es un tedioso dolor de cabeza.

El cerebro no puede dejar pasar un sonido sin antes identificarlo, aunque algunas veces se equivoque en su resolución. He aquí la importancia de saber perfectamente qué estamos escuchando cuando realizamos nuestras pruebas de escucha. Si utilizamos músicas con una amplia dinámica (es decir, reproduce la mayoría de las frecuencias audibles) y sabemos perfectamente qué deberíamos escuchar, podremos utilizar este tema para averiguar si el sistema que estamos probando lo reproduce (o no) todo. Evidentemente existe un peligro: pensar que estamos escuchando algo que no estamos escuchando, el cerebro nos hace una mala pasada. De hecho, esta mala jugada sólo ocurre cuando el nivel de conocimiento que se tiene de esa música o pista es “limitado” (acabamos de escucharla muy pocas veces), no cuando tenemos un conocimiento suficiente de lo que estamos oyendo.

Así pues, uno de los “trucos” más fiables es empaparse de algunos temas musicales que, además de gustarnos, tengan una excelente dinámica (las orquestas sinfónicas suelen ser muy adecuadas), con gran variedad de instrumentos (por lo tanto, necesidad de descifrar una gran cantidad de timbres) y utilizarlos cuando nos planteemos analizar un equipo, sobre todo cajas acústicas.

Claro está que todo el equipo debe estar configurado e instalado según necesidades.