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La escucha musical (2a.Parte)
Cómo aprender a escuchar y disfrutar de la música y de tu equipo. Texto: Ramon Sendra En el número pasado repasamos muy brevemente la “imperfección” de nuestro oído y la potencia de procesado de nuestro cerebro. Descubríamos que la sugestión puede jugarnos algunos malos ratos, y dejábamos para estas líneas el saber y aprender a realizar escuchas musicales, y no únicamente para un mejor disfrute personal, sino para lo que más nos interesa: la elección de nuestro equipo. A continuación, os mostraremos un método práctico destinado a evaluar un equipo de audio en función de unas premisas básicas, con el objetivo de conseguir un resultado relativamente objetivo. Evidentemente no es un método único y exclusivo, ni mucho menos, sino uno que hemos elegido y que nos da cierta confianza. Pero ¿cuál es el objetivo de un equipo de sonido? A fecha de hoy debemos separar bien las necesidades de una instalación multicanal y una musical, o mejor dicho, ¿habrá o no apoyo visual? Hemos visto equipos completos de A/V que por apenas mil euros ofrecen resultados bastante decentes, pero cuando hablamos de música, incluso reduciendo de seis a dos las cajas acústicas, de cinco a dos los canales amplificados y pasar de un reproductor audiovisual a uno únicamente sonoro (es decir, menos exigencia electrónica), hablar de mil euros a veces es quedarse corto. ¿Por qué? Esto lo respondimos en el número pasado, recordando que nuestra manera de ser da mayor énfasis a la imagen que al sonido (de hecho, solemos asociar lo que escuchamos a una imagen, por ejemplo, al descolgar el teléfono y escuchar la voz de nuestra madre, a la cabeza nos viene su cara). En cine, el apoyo visual es tan útil que la exigencia sonora es mucho menor. Pero no así en música. Se impone la recreación visual a partir únicamente de sonidos, algo que implica necesariamente un cierto bagaje cultural: el recuerdo. Es por ello que demandamos en este aspecto un equipo lo suficientemente bueno como para equilibrar la balanza exponencial entre la imagen y el sonido: el equipo tiene que sonar bien. Ahora el reto es ¿cómo sabemos que así suena? Estamos acostumbrados a relacionar la música clásica y sinfónica con “calidad musical”. La mayoría de veces que somos espectadores en una audición siempre cae alguna pieza de este tipo de música. El motivo es fácil: cantidad suficiente de varios instrumentos acústicos con diferentes timbres, a la vez que suenan melódicamente coherentes. Desde la cuerda de los violines, al metal de las trompetas, los pianos percutidos y las percusiones. Además, la dinámica de estas músicas suele ser muy grande, lo que demanda precisión tonal y envoltura vertical. Curiosamente, los aficionados a este tipo de música lo son menos a los estilos más modernos, aunque en este último caso el uso de sonidos electrónicos implica una más compleja comparación a un supuesto sonido real. Por ejemplo, las magníficas producciones de Pink Floyd de hace varias décadas, con excelente dinámica y muy buena producción, no ayudan a resolver si ese bajo eléctrico suena como debería sonar. No así con la música acústica. Cuando nos decidimos a probar un equipo de audio con etiqueta musical hay quien propone la audición de una pieza musical desconocida y que tras varias audiciones permita al espectador (posible comprador) decidir el grado de precisión de la propuesta. La idea es muy buena, ya que se suele argumentar que al utilizar piezas muy conocidas el cerebro termine por “restituir” lo que la caja o el equipo no hacen. Pero este método necesita tiempo. El procedimiento es sencillo. Se realiza una escucha atenta de un fragmento musical, y se presta especial atención, una y otra vez, en la armonía de un instrumento. En sucesivas audiciones el espectador debe reconocer la facilidad (o no) de reproducción de ese instrumento dentro del conjunto reproducido. Nuestro método sigue más o menos la misma anterior premisa: elección de un fragmento y seguimiento de un instrumento “difícil”; pero con la necesidad de que la pieza elegida sea totalmente conocida. Primero porque nos permitirá una comparación directa (aunque bastante distorsionada por nuestra traicionera memoria auditiva) con el equipo del que ya disponemos, pero también porque si es muy conocida tendremos de ella información suficiente para discernir entre lo que oímos y lo que “recreamos” en nuestro cerebro. Incluso propondríamos algún sistema de comparación basado en conmutación inmediata, intentando evitar que la memoria auditiva distorsione nuestros recuerdos (en muy pocos segundos “perderemos” la percepción de lo realmente escuchado por algo que mezcla esto mismo con lo que nuestro cerebro “quiere” escuchar). De hecho, la mejor “prueba” consiste en utilizar ese equipo durante varias sesiones (días, semanas, e incluso meses), y sabremos no únicamente si nos gusta o no, sino el grado de “fatiga auditiva” que ofrece. Si realmente queremos disfrutar de la música, que nos llene de sentimientos, para nada querremos que nuestro cerebro hipoteque “sensación placentera” por “matemática de recreación auditiva”. Pero no es fácil que un comercio nos ceda durante algunos días todo un equipo a modo de pruebas, por lo que la decisión suele tomarse en apenas unas horas. NO OLVIDEMOS LA ACÚSTICA Tenemos un reproductor de CD-Audio, una etapa de potencia estéreo y dos cajas. ¿Esto definirá la calidad global del sonido? Falta la acústica. El sonido se propaga, sobre todo las bajas frecuencias, en todas direcciones, y en su comportamiento se incluye la reflexión. Todo material físico (moquetas, muebles, sofás, paredes, yeso, cristal...) tiene su propio índice de absorción e incluso una frecuencia de resonancia. Las películas de ciencia ficción nos han enseñado cómo las naves, en medio del espacio profundo, rugen sus motores cuando van a toda máquina, pero en el espacio sólo existe el silencio (porque al no existir “aire”, el sonido no puede propagarse). La humedad incide en la velocidad del sonido. Y hasta nuestro estado de ánimo es capaz de convertir una obra maestra en un caos mental. Evidentemente, y a excepción de algunos aspectos de física acústica, la gran mayoría de estos valores son aleatorios y, aunque sujetos a condiciones, inmensurables. Pero sí podemos controlar aspectos como la acústica. Las tiendas especializadas, como debe ser, suelen preparar salas de escucha adecuadas y bien tratadas, lo que hace que una gran mayoría de equipos de sonido suenen bien en esas circunstancias (pero también puede ser al contrario, una mala sala puede ofrecer unos resultados injustos para ese equipo). Por ello debemos tener en cuenta el sitio donde instalaremos el equipo y evaluar aspectos como el volumen, mobiliario, etc. LA COMPARACIÓN Como ingeniero de sonido muchas veces he “padecido” el problema de la sugestión acústica. Los músicos en el escenario, durante las pruebas, demandan alguna que otra ecualización, y no ha sido una vez, ni he vivido la última, que me piden una “mayor presencia” de graves y todavía no he ejecutado su demanda se oye: “¡gracias!”. El porqué de esta anécdota es fácil: el músico tocaba y escuchaba el resultado, notó falta de graves y pidió al ingeniero una solución (por lo que deja de tocar momentáneamente para facilitar la comunicación). Cuando vuelve a tocar y acepta el supuesto hecho de que el ingeniero ya ha realizado el ajuste, su cerebro se afirma a sí mismo en la decisión y “recrea” mentalmente esa mejor percepción de graves. En la tienda una frase como: “¿Verdad que suena mejor?” puede ofrecer el mismo resultado que en el anterior ejemplo. ¿Cómo evitarse? Con sucesivas audiciones. Otro método eficaz es probar una serie de equipos, de menor a superior escala (normalmente, aunque no siempre, valdría la norma de menor a mayor precio), pero de vez en cuando (por ejemplo, cada 3 ó 4 equipos probados) volver un largo paso hacia atrás, justo después de una audición superior. Seguramente apreciaremos muchas diferencias, pero habrá un punto donde conseguiremos aunar nuestras “limitaciones” con una franja de calidad/precio determinada: por ahí debe andar nuestro equipo. Cuidado con las diferencias de nivel (o volumen). Tendemos a afirmar que un equipo suena “mejor” cuando la única diferencia es que suena “más alto”. Normalmente, a mayor nivel de volumen mejor apreciación de los graves (más cuerpo y profundidad), e incluso mayor facilidad (que no capacidad) para escuchar las frecuencias altas. No es descabellado medir con un sonómetro y ruido rosa todos los equipos a un mismo nivel, y trabajar en ese volumen. Las diferencias se reducen, de manera mágica, considerablemente. PRIMER DÍA EN CASA Una vez tenemos elegido el sistema e instalado en nuestro hogar (comedor, salón, habitación dedicada, etc.) suele pasar que, en primera instancia, hay decepción. Pero no es el equipo, sino la acústica, la instalación (problemas en el cable-fase) o, la mayoría de veces, nuestra traicionera memoria. Hemos deseado tantos días ese equipo y lo hemos dejado madurar en nuestra memoria que ahora “recordamos” sonidos que nunca escuchamos. Contra eso no hay nada con qué luchar, a excepción de reconocer el “problema” y abordarlo con inteligencia. Pero tampoco podemos olvidarnos de otros aspectos técnicos. Además de una correcta instalación (y damos por supuesto que se ha elegido el equipo correcto para las dimensiones y características de la sala) todos los altavoces (medios y graves) de las cajas acústicas necesitan un rodaje. Éste es un procedimiento necesario en el cual los materiales que “empujan” literalmente el aire que percibimos como sonido deben adaptarse a este movimiento. Para ello será necesario que realicen ese recorrido varias veces antes de que consigan su valor de trabajo óptimo. La mecánica de un lector de CD-Audio o DVD-Video funciona perfectamente desde el primer día. |
¿Existen los Golden Ear? Se conoce como Golden Ear a esa persona que se reconoce a sí mismo una extrema capacidad auditiva capaz de percibir diferencias y matices en diferentes equipos de audio, algunas veces de una manera exclusiva comparado con el resto de mortales. Se consideraban “personas especiales”, objeto de culto en algunos círculos (por suerte, menores) que dicen percibir absolutamente la alta fidelidad. Hasta tal punto ha llegado esta falacia a ser medio-realidad que alguien que sea incapaz de escuchar matiz alguno (y se atreva a hacerlo público ante ellos) es considerado despectivamente como aficionado.
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